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Abogado del diablo



Por Profesor de historia. Actualmente se desempeña en Liceo Manuel de Salas.

Hace un par de semanas, un grupo de extranjeros asaltaban y golpeaban hasta la muerte a una mujer chilena y consumaban su actuar sonrientes. Los miembros del grupo eran identificados, enjuiciados y encarcelados. Una vez dentro del presidio eran sometidos a todo tipo de vejaciones por parte de otros reos. Una muestra de justicia popular filmable, audible y visible en todas las pantallas del país.
Ojo por ojo, diente por diente. Contra el terror más terror; luego la satisfacción. El que la hace la paga, no hay intermedios. La sociedad entera saciaba su sed de venganza con cada electrochoque, con cada escupitajo y con cada golpe propinado contra los culpables. Crimen, castigo y viralización impulsaban la catarsis colectiva del pueblo chileno.
El arrepentimiento forzado de los culpables proyectado en los televisores, computadores y celulares era prueba suficiente de que la justicia se había consumado. Era tiempo de dar vuelta la página y continuar hacia adelante. La mentalidad primitiva de esta horda que solemos llamar sociedad, no puede ni quiere ahondar más allá de los efectos de superficie y las soluciones sobre la marcha de problemáticas mayúsculas y estructurales que afectan al país completo. La normatividad ha saciado su sed de venganza con las dosis de violencia necesarias. Fin.
Sin embargo, como sabemos, todo fin es un nuevo comienzo. Para pocos, claro está, pero lo es. Y es que son esos mismos pocos los que han encarado una pregunta difícil pero necesaria, la misma que nos convoca aquí: ¿Por qué? ¿Por qué un grupo de hombres emplea ese grado de violencia contra una mujer y luego de consumado el crimen esboza sonrisas y carcajadas? ¿Cuál es la causa de su actuar? ¿Cuál es el motivo de su cometido? Adentremos en este terreno espinoso y bien poco carismático rastreando las causas que empujaron a estos hombres a cometer su crimen públicamente repudiable y repudiado. Lógicamente, este terreno espinoso tiene varios desvíos, todos loables, todos válidos y cada cual con su mérito y su virtud explicativa. Empero, nosotros centraremos nuestra mirada solo en uno de ellos, registrando aquí nuestras reflexiones desde la tan vilipendiada perspectiva de los Derechos Humanos.
Que los D.D.H.H son una fantasía, que son un negocio creado por la izquierda para victimizarse, que solo sirven para proteger a desviados, delincuentes y criminales, toda esta habladuría está en boga hoy por hoy y cada día con más adeptos. Enfrentando estas chapucerías, nosotros quisiéramos comunicar conclusiones distintas. Una de ellas es que, a diferencia de lo sostenido por el chileno normativo, los D.D.H.H pueden valorarse como un empeño por zafar del yugo de nuestra animalidad y elevarnos por encima de ella. No obstante, reconocemos que este empeño, como muchos otros, es solo discursivo. Han pasado ya casi setenta años y el alcance de estos derechos no es aun universal. La persistencia y la masificación de la marginalidad (propiciada y nutrida por el mercado y la mercantilización de nuestras vidas) impiden el correcto despliegue de los D.D.H.H. y los condena a no ser más que letra ignorada, vulnerada, violada y muerta. En efecto, en los márgenes de la civilización mercantil otro mundo emerge; el desapego, el abandono, la naturalización de la violencia, la pobreza y la desigualdad, perpetúan los horrores bélicos con otras apariencias, y por lo mismo, impiden que los D.D.H.H sean debidamente respetados y garantizados. Los resultados son catastróficos, qué duda cabe. El sujeto marginal nace, crece y se desarrolla en un mundo sin leyes, salvo la ley del más fuerte, propia de los estados de naturaleza. Cazar o ser cazado. No hay puntos intermedios. El desconocimiento o el escepticismo frente al derecho, frente a la ética social que lo sustenta y sobre la civilización que funciona gracias a ellos, potencia el escape de nuestra animalidad más bestial. La violencia y la transgresión como norma, y el sufrimiento ajeno como goce, permean los espíritus de las clases más bajas de la sociedad. La subalternidad es un imperio donde la ley desaparece, y donde la ética social que la respalda es inexistente y donde el holocausto social es predominante.
Problemas lo suficientemente graves como para desvelarnos por las noches. No obstante, aún pueden empeorar más. El sujeto marginal que desconoce o que derechamente no cree en los D.D.H.H., tampoco tiene ánimos de respetar ni garantizar los ajenos. La vida y la muerte son para él, cuestiones relativas, discutibles, condicionadas por la ocasión. Si la situación lo amerita y la ocasión lo permite, no habrá reparos en no vulnerar los no-derechos del otro.




Apagar el televisor y desconectarse de las redes sirve para oxigenar el cerebro y reflexionar con más calma y prudencia. Ahora el panorama completo de los motivos del crimen y del crimen mismo aparece bastante más nítido: un grupo de sujetos marginales que han visto vulnerados sus no-derechos humanos no tiene reparos en vulnerar los no-derechos de otros. Y no tienen reparos porque desconocen, porque no creen o porque los efectos de esta ignorancia y escepticismo han hecho estragos en sus psiquis. ¿Alguien se ha puesto a reflexionar detenidamente en la salud mental de un grupo de hombres que asaltan, asesinan y luego celebran lo consumado? Ciertamente la vulneración de derechos y el atropellamiento sistemático, deterioran la salud mental de las victimas convertidas luego en victimarios. Entender esta realidad supone un esfuerzo cognitivo mayor y un compromiso radical. Exige analizar y reflexionar las causas y los motivos de un crimen de esta naturaleza, desentrañar el goce que produce en los victimarios el fallecimiento de su víctima, y por otra, obliga a reconsiderar el crimen no desde el afán punitivo-vengativo, sino desde la aceptación de que este crimen, como todo crimen, es resultado del resquebrajamiento de la salud mental individual y colectiva producida por el advenimiento incombustible de la sociedad mercantil con su efecto correlativo: la marginalidad.
Llegados a este punto, la conclusión es tajante: mercantilización es sinónimo de vulneración de derechos, vulneración de derechos es sinónimo de deterioro mental y deterioro mental es sinónimo de delincuencia y criminalidad.




Como horizonte de reflexión y acción aparece entonces la misma canción ya tantas veces repetida y pocas veces escuchada: la destrucción del modelo mercantilista, su extirpación y su superación, puesto que, como ya se ha plantado con anterioridad: es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina el ser social.

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La respuesta está en la nube

Alberto Mordojovich. Ex Director de Chiletec y actual Gerente General de Redvoiss. Relacionado

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