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Aprendiendo de una vez por todas a ser ciudadanos



Por Luis Campos, Doctor en Antropología, licenciado en educación e investigador principal del Centro Interdisciplinario de Estudios Interculturales e Indígenas (ICIIS) y docente UAHC.

Ante una nueva elección es bueno recordar la historia del sufragio en Chile. Si bien nos hemos presentado como un país de larga tradición democrática, creo que eso es algo que debe ser por lo menos cuestionado. Durante gran parte del S. XIX el voto fue censitario y un derecho sólo de los más ricos. Y si bien lentamente se fue ampliando a lo que se considera el voto universal, de ese universo estaban fuera algunos pueblos indígenas, los analfabetos, los no videntes y…las mujeres.

La mayor parte de estos actores sólo tendrán derecho a voto muchos años después de creada la democracia chilena. Las mujeres en 1949, los Rapa Nui después de 1966, los menores de 18 años en 1970 y los no videntes en 1972. La elección de 1970 y las parlamentarias de 1972 fueron las primeras en que realmente hubo voto universal. Resulta paradójico que cuando el pueblo efectivamente tuvo derecho a voto, eligió por una opción que al poco tiempo no fue respetada por aquellos que habían tenido el privilegio de mantener la democracia en las décadas anteriores. Sólo una elección con voto realmente universal y que concluyó con el derrocamiento del presidente apoyado mayoritariamente con ese voto popular.

Después de eso lo que todos saben. 17 años de dictadura y recién un proceso electoral en 1988 y elecciones en 1989. Para los que recuerdan esos años, desde el inicio quedó instalada una gran desconfianza con el mecanismo electoral. En 1987 la discusión no era si iríamos a votar por el NO. Fue durante muchos meses la lucha contra el fraude la que predominaba. No había que votar. No había que inscribirse, ya que eso significaba traicionar al movimiento. Por suerte, en 1988, muchos de nosotros terminamos inscribiéndonos en los registros electorales, mientras parte de la izquierda se apartaba del proceso.

Creo que los 17 años de dictadura y la falta de aprendizaje como ciudadanos que votan, la falta de expectativas basadas en el lejano recuerdo de aquella vez que se votó y que terminó en un golpe de estado, han desincentivado nuestro voto. Me acuerdo de Pinochet hablando en contra de los políticos, de la politiquería y de la demagogia. Toda una generación criada en la antidemocracia, desconfiando de los partidos políticos, de los representantes ciudadanos, sin ideales de lo político, sin confiar en el voto como mecanismo de organización de lo ciudadano.

Lo que planteo aquí es que después de la dictadura, después del NO y de las elecciones del 89, jamás se recuperó el voto universal y popular. Los jóvenes, siguiendo con la tradición impuesta a hierro por la dictadura, decían “no estar ni ahí”, desconfiaban de los viejos políticos y no se sentían representados por lo que estaba pasando. Hay que reconocer que el sistema binominal ayudaba bastante poco a mejorar la imagen de los partidos, los cuales, con su cuoteo político, definían con anterioridad quién iba ser el futuro representante. El voto popular nuevamente era inútil. Voto obligatorio, inscripción voluntaria. Otra trampa de la dictadura pasada de contrabando en la Constitución del 80.

¿Qué nos ha pasado en todos estos años? Las elecciones se han repetido y más allá del voto obligatorio o del voto voluntario, el ejercicio ciudadano no por eso ha ido aumentando. A modo de hipótesis, creo que la dictadura caló hondo en nuestra formación ciudadana, lo que sumado a esta falta de tradición de voto popular y de respeto a la democracia, bastante más corta de lo que se ha presentado durante todos estos años, nos convierte en un país con baja educación cívica electoral.

El neoliberalismo, que también se fraguó a fuerza en las mentes y en los cuerpos de los chilenos, nos da la sensación de que todo lo podemos lograr solos, con la microempresa, con los negocios, que todos podemos llegar a ser grandes emprendedores. Y que cualquier obstáculo a dicha tarea debe ser eliminado a la brevedad. Y eso incluye a los sindicatos, los partidos políticos, los movimientos sociales, los pueblos indígenas. ¿Para qué ir a votar entonces?

Creo que hemos sido más impactados de lo que creemos por la dictadura. Y que la falta de votantes es un efecto más de la despolitización neoliberal que se impuso durante 17 años y que sin duda transformó a la sociedad chilena. Y ante esa situación hemos escondido la cabeza. Los costos de la transición se están viendo hoy, los costos de haber seguido hasta la fecha con una Constitución originada en el mayor fraude electoral en la historia de Chile.

Si la carta magna que rige nuestra nación ha nacido de un fraude electoral y nos dejamos gobernar por ella, más allá de los maquillajes que tuvo, ¿cómo es posible que confiemos en el voto popular y participemos de las elecciones? Y si el primer gobierno electo verdaderamente con el voto universal fue derrocado por un golpe militar orquestado por aquellos que habían perdido, ¿cómo es posible creer en los cambios sociales a partir de las elecciones? Si aquellos que han tenido históricamente comportamientos antidemocráticos, hoy se ufanan de ser candidatos que respetan la tradición electoral de este país, ¿por qué entonces ir a votar?

Visto a la luz de la historia y de las grandes transformaciones que ha sufrido Chile en los últimos años, queda claro que lo que nos falta es educación ciudadana. La dictadura nos convenció de la banalidad de la acción política, en esa alianza entre los militares y sectores de derecha que hasta hoy prefieren poner en cuestión la democracia antes que perder los privilegios que han intentado mantener durante casi dos siglos de vida institucional.

La mayor parte de la coalición que representa el candidato Piñera son los descendientes del voto censitario, de la exclusión de amplios sectores de la población en el ejercicio ciudadano y del apoyo irrestricto a la dictadura y a la violación a los derechos humanos. Y ellos si van a ir a votar, porque de eso se trata cuando quieren imponer los intereses de clases acomodadas y conservadoras que se resisten por todos los medios a dejar de controlar el país a su antojo.

Y del otro lado están los que votaron un gobierno popular en los 70, que resistieron estoicamente a la dictadura, que lucharon contra el fraude del 88, los que pretenden un proyecto alternativo al neoliberalismo que impuso la dictadura y que sin duda tiene su mejor nicho en la retirada a nuestras casas, en la falta de participación y en la despolitización de la sociedad chilena. Sin discusión política, sin participación electoral, sin ir a votar este domingo 17, volverán a triunfar aquellos que no han trepidado en darle la espalda a la democracia cada vez que se han sentido amenazados por el voto popular. Y eso es algo que no podemos permitir. El empate técnico entre Guiller y Piñera indica que la lucha será voto a voto, en cada mesa de votación se decidirá el triunfo del voto universal y popular. Hagamos que ese derecho tan esquivo en Chile valga realmente la pena. Aprendamos de una vez por todas a ser ciudadanos.

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