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Hablemos de desarrollo humano y sueldo mínimo



Por José Orellana. Geógrafo. Académico Escuela de Ciencia Política y RR. II. Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Candidato a Doctor en Estudios Americanos Instituto IDEA, USACH.

De cuando en vez, la agenda pública se hincha por la desproporción de ingresos que tienen los congresistas nacionales versus los sueldos mínimos de Chile. En aquellos momentos aparecen sesudos análisis de política comparada que dan cuenta de la significativa alta remuneración que tienen nuestros congresistas respecto de otros a nivel global.

El arquetipo de esa realidad pareciera ser el caso sueco, donde los privilegios de su clase política en general son bastante acotados en términos de ingreso. Sería óptimo estudiar en profundidad qué implica tal cuestión, no olvidando que Suecia es también junto con varios otros países europeos también el arquetipo social, educacional e impositivo, entre otros varios aspectos sociopolíticos y socioeconómicos que varios países sudamericanos buscan emular.

Los sueldos mínimos son los que permiten que millones de chilenas y chilenos sobrevivan día a día permitiendo la clásica acumulación capitalista de empresarios diversos (productivos, inmobiliarios, servicios y de financieras diversas, qué decir de educación, salud y previsión) y el endeudamiento de la clase trabajadora.

Si genuinamente interesa problematizar sobre los sueldos mínimos de nuestra precarizada sociedad de manera prioritaria, las diferentes fuerzas políticas progresistas deberían ser parte del debate. Incluso una derecha Social.

Estos sueldos mínimos, son escandalosamente ajenos a la realidad básica que proponen nociones como del desarrollo humano que propugnan las libertades genuinas del ser humano para crecer y desarrollarse personal y colectivamente. Los sueldos mínimos de Chile son los que están anclados en una mayoría de población, que a punta de consumismo, deuda e individualismo organiza sus vidas impidiendo desarrollo humano genuino.

Dado que es una mayoría de población, es de sentido común que los representantes del pueblo (de la ciudadanía) estén sistemáticamente reflexionando y, más importante que ello, ‘haciendo’ para revertir tal situación.

Por lo tanto, el gasto congresal, debiese estar orientado a asegurar que aquellos y aquellas representantes de estas grandes mayorías efectivas, sean asertivos en su trabajo legislativo para asegurar que estos millones de chilenas y chilenos dejen de percibir ingresos mínimos inhumanos… anti éticos aseguran algunos. Junto con eso, asegurar legislativamente que las prestaciones sociales sean reales, esto es, salud pública con los estándares que permitan asegurar las menores dificultades en salud de todo tipo y lo mismo en educación y tantas otras prestaciones.

Así, el gasto congresal orientado a asegurar buena política pública y fortalecimiento de la democracia, quizás hasta debiese incrementarse, asegurando criterio de calidad y probidad.

Finalmente, porqué el gasto congresal, se observa con más interés por parte de la clase política y medios de comunicación, que la constante, sistemática, articulada y legitimada miseria que permite el sueldo mínimo involucrando a una mayoría de personas de la patria. Esta relación, caricatura o hecho de la realidad tan atractivo para el titular de prensa y para parte de la clase política (sino toda, ya que resulta impopular no pronunciarse negativamente por lo alto de los sueldos de los congresistas) eclipsa, subsume, invisibiliza esta otra realidad, que a propósito de indicadores provenientes del INE, Fundación Sol, CEPAL, la CUT y otras fuentes, develan la precarización del trabajo en cuanto a su valor v/s la aberrante acumulación monopólica por rubros de algunos sectores de la economía nacional e internacional.

Pareciera ser que el fortalecimiento de la democracia precisaría que millones de chilenas y chilenos vivieran con mejores sueldos a que sobrevivan con los sueldos mínimos (y eso que no consideran los sueldos de la siempre abultada y tan cuestionada clase media nacional, la cual pareciera ser, tampoco goza de un ingreso que se equipare con el valor genuino del trabajo que desarrolla) y que nuestros congresistas preocupados por un probo, asertivo y comprometido trabajo legislativo  les permitan a sus representados vivir y no sobrevivir y así lograr una patria y una república menos desigual, hasta la saciedad descrita.

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