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La tragedia de ser diferente en Chile: ¿nos hacemos responsables?

Juan Erick Carrera. Antropólogo

La diferencia siempre ha sido un fundamento de la condición humana, y esa misma condición de alguna manera ha establecido las bases del pensamiento social contemporáneo, pero al mismo tiempo convoca reminiscencias colectivas que impregnan el imaginario colectivo con categorías prelógicas de pensamiento. Es decir, representaciones sobre los demás generalmente atribuidas a clasificaciones de raza, clase o género, sin mediar complejidad alguna al proceso reflexivo que usamos para otorgar sentido al mundo, y a los Otros en ese mundo. Por lo que ser diferente, o sentirse y autodefinirse distinto a lo socialmente normado, significa cargar todo el peso del racismo, de los prejuicios, la homofobia o los estereotipos que muy ingenuamente la sociedad asume como una verdad, como una creencia verdadera, y que no son más que un producto de la razón histórica y la herencia de la dominación sociocultural, de una estructura de poder que ha hecho usufructo del conocimiento cotidiano y ha guiado a la sociedad por un laberinto de enajenación y sociocentrismo, y donde la condición humana ha pasado a ser tecnología de consumo, fuerza de producción y adoración estética.

El problema de la diferencia es propio de las sociedades contemporáneas que expresan su rechazo a las instituciones del pasado, a la herencia política y moral de la modernidad, pero su problematización queda a merced de reducidos nichos de conocimiento que no bastan para construir una sociedad reflexiva y crítica, en tanto que en la cotidianidad reina un sentido común que entrelaza nociones morales, religiosas y científicas, en un constructo hibrido bastante peculiar para confrontar ferozmente cualquier expresión de diferencia. Lo hemos visto con la aparición actores/as sociales transgénero en el mundo mediático y cómo los ultraconservadores hacen uso de argumentos científicos (biológicos) a la vez que posicionamientos mítico-religiosos, creando una contradicción evidente en su propia racionalidad y elocuencia simbólica, pero que la gente asume como un argumento plausible, y que se esparce cual infección a través de las líquidas subjetividades y susceptibilidades de la percepción en el mundo social.

Hemos visto como el escenario de las redes sociales se transforma en un bestial campo de batalla carente de cualquier idea profunda sobre la diversidad, aunque no es su propósito, pero las opiniones que ahí se exhiben se fundamentan generalmente por estigmatizaciones que también hacen uso sesgado de ideas de la ciencia, y donde las personas reflejan toda la carga valórica que guía su existencia desde una imagen determinista sobre cómo debe funcionar lo público y lo  íntimo de la vida humana, invalidando cualquier expresión identitaria y social que salga de lo hasta ahora comprendido, o aceptado. Y como si ya no fuera suficiente, hace algunos días aparece un conocido personaje religioso enviando públicamente al infierno (literalmente) a la actriz Daniela Vega, la cual merece todo el respeto de la sociedad por sus logros y aportes al mundo del cine y el arte, pero que se enjuicia socialmente (y metafísicamente, en este caso) sólo por el hecho de ser quien es. Ese es el mejor ejemplo de lo que peligroso que una persona obnubilada por una idea pre-racional del mundo puede llegar a hacer, y bueno, la historia ha dado cuenta de ello.

El problema es que todos creen tener el derecho a sub-valorar a los otros sólo por el hecho de ser distintos, sea por condiciones de género, de clase o etnia. La reciente muerte de José Matías, el joven transgénero que se quitó la vida debido al Bullyng que recibió en el Liceo Sagrado Corazón de Copiapó, es reflejo del impacto que la opinión pública puede generar en las personas, del cómo un conjunto de ideas sesgadas sobre cómo se debe ser en el mundo pueden afectar psicosocialmente a una persona hasta el punto de dudar de su propia existencia, y todo es por ignorancia o, como dice Zygmunt Bauman, una indiferencia globalizada, que pretende tener a las personas distraídas con atractivos y lucrativos absurdos, mientras que no estamos visualizando que nuestras ideas sobre la diferencia se basan en paradigmas pretéritos que aún dominan el pensamiento contemporáneo y que no reflejan en lo absoluto las formas en que la sociedad transmuta hoy en día.

A propósito de la diferencia étnica…

El problema no sólo se presenta en la dimensión del género, sino también en lo étnico-cultural, pues, en el mundo cotidiano nuevamente se hace uso del concepto de “raza”, pero la gente no considera las razones de su erradicación en el mundo político y científico. La propia UNESCO abogó por su crítica, tal como entendería el antropólogo Claude Lévi-Strauss en su intervención en una convención de dicha orgánica en 1957, donde manifestaría que el mundo estaba horrorizado por la teoría y práctica que conllevaban las masacres históricas bajo este concepto, por lo que es natural que la UNESCO se apresurara en su condena moral. A pesar de ello, la noción de raza sigue estando presente en la opinión pública, y, justamente, trae consigo significados de superioridad e inferioridad, de civilización y barbarie o de desarrollo y retraso.  Estas nociones estereotipadas sobre un forma de persona particular, un individuo determinado de acuerdo a su condición étnica y cultural, han sido la base de todo proceso de discriminación histórico y que ha visto Chile este último tiempo, por un lado, con el álgido flujo transnacional de haitianos y haitianas y, por otro, por la histórica discriminación y supresión cultural que ha vivido el pueblo mapuche con resultados trágicos desde hace décadas, sino siglos, pensando históricamente. Estos dos ejemplos constituyen un correlato de la imagen que las personas tienen sobre otros en función de características culturales atribuidas a nociones de inferioridad, y donde el sentimiento de un inminente retraso cultural se hace sentir por medio de explícitas manifestaciones discursivas, retóricas populistas y acciones opresoras, por ejemplo; insultándolos públicamente en redes sociales, dejando que se mueran esperando atención médica, o modelando la opinión pública a través de falsos discursos sobre enfrentamientos, a veces con resultado de muerte, como es el caso del peñi Camilo Catrillanca. La política de migración no deja de sorprender por su particular forma de enfrentar este problema, y lo hace de un modo éticamente cuestionable y segregacionista; una expulsión masiva del país, cuando lo que debe hacerse es proporcionar posibilidades de inserción sociocultural, ofrecer calidad de vida y apoyar los procesos de regularización migratoria. No obstante, da la impresión de que la intención es mantener lo que se cree como una nación homogénea culturalmente y cuasi-desarrollada, y con ello destruir cualquier posible alteración en ese impetuoso proyecto civilizatorio. Entonces, la (in)migración no es concebida como parte de un fenómeno y derecho universal de desplazamientos humanos, y que enriquecen socioculturalmente a los pueblos, no mientras no se asocie a transformaciones del primer mundo, sino que se asocia inmediatamente a movimientos indeseados que alteran el funcionamiento normal de la sociedad, el orden establecido, y que se cree producen desestabilización laboral, aumentan la delincuencia (incluso el terrorismo) y minimizan la calidad cultural por el sólo hecho que los protagonistas de este proceso son afrodescendientes o  indígenas. Si usted se siente identificado con esto último, pues, tómese en serio estas palabras…

Es necesario que como individuos, ciudadanos, nos replanteemos seriamente por qué pensamos lo que pensamos, de donde vienen esas ideas de discriminación, por qué argumentamos moral y políticamente un rechazo hacia los demás sólo por ser diferentes y por qué no tenemos la capacidad de convivir plenamente a pesar de nuestras diferencias. Debemos tener conciencia de la importancia de nuestro lenguaje, de notar como varía el significado y la carga semántica de conceptos como raza, indio, negro (nigger) o inmigrante, o de todos los adjetivos que han de usarse para categorizar a cada persona por su condición étnica o de género. Entonces, la pregunta es ¿por qué somos ajenos al sentir del otro? No podemos no sentirnos responsables de las muertes de jóvenes por causas de discriminación, no podemos ser indiferentes cuando autoridades de la república y representantes religiosos discriminan bajo argumentos antitéticos a personas por su condición de género, nos podemos hacernos los ciegos cuando vemos que el sistema se desarrolla bajo subterfugios clasistas y no podemos no comprometernos con enfrentar el cambio social desde una perspectiva que involucre la ética social y el respeto a la diversidad y los DD.HH. Sin embargo, todo comienza con el acto reflexivo, con entender que el cambio social es un hecho, que las culturas fluyen, las personas se empoderan y las etnias reemergen, donde la sociedad sale, finalmente, del encadenamiento que la ata al pasado.  

La diferencia debe comprenderse como inherente a la sociedad, pues, tal como diría Hannah Arendt, la pluralidad constituye la condición fundamental de lo humano, en tanto que todos somos humanos, pero nadie, a su vez, es igual a otro. Es decir, debemos aprender a buscar—y respetar—la igualdad en la diferencia, ya que eso es lo que nos define como sociedad. 

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